domingo, 23 de septiembre de 2018

Un alma vieja

Esta vez la entrada no es mía, es de una de las personas que más quiero y más admiro; el escrito lo tengo pendiente desde el 23 de mayo, pero este mayo fue muy difícil y lo vine postergando, en fin... él es uno de mis sensei de vida, Porras <3 









Un poco de Miguel por el propio Miguel: 

Miguel Ángel Porras Alvarado, 28 años de robarle el oxígeno a alguien que le haga más falta, químico en alimentos por azar del destino, amante del rock clásico y la salsa, así como todo lo que pertenezca a su época, pambolero, saxofonista (cuando tenía tiempo), lector asiduo de historietas y literatura prehispánica, de la época oscurantista y de ciencia ficción clásica, amante de los cigarrillos (rojos, por excelencia, de los que raspan), chelero de banqueta, y el tema del café es cliché, disfruto beberlo, no fotografiarlo, cuento amigos con los dedos, pues los que se han ido no suelen aguantar mi dura verdad.











A lo largo de la vida de este humilde servidor he conocido todo tipo de gente, algunos muy transparentes, otros no tanto, algunos risueños y algunos otros amargados -aquí entro yo-, he conocido gente que gusta de platicar sus problemas y otros que aguantan hasta el final de la línea con tal de no esbozar alguna mueca que refleje su malestar emocional, hay de todo en este loco mundo que nos tocó habitar, en este mundo que no deja de saturarse y de ¿evolucionar?

Pero algo ha llamado mi atención de sobremanera, mucha gente que aprecio y que forma parte vital de mi vida me ha comentado que poseo “un alma vieja”, es decir, ¿un alma vieja? Sabía bien de las almas amorosas, las almas dadivosas, amistosas, libres, divertidas, hasta he oído hablar de almas negras, pero jamás de un alma vieja.

Las personas que me lo dicen lo atribuyen a mi gusto por la fotografía en blanco y negro, antigua, de esas fotografías que muestran un escenario rural sosiego, con una familia indígena y una diligencia en primer plano avanzando lenta pero tranquila sobre una calle de terracería que hoy cuenta con pavimento -con baches, porque si no no hablamos de México- abarrotado de transporte público y transeúntes, y que aloja por lo menos un “Starbucks®”, o un “Oxxo®”, pero gente como yo que disfruta esas fotografías hay mucha, no soy el único que lo disfruta, de eso estoy seguro, pero si me gusta tener mi propia visión de lo que habría sido estar parado justo en el cuadro en el que se tomó dicha fotografía, de haber palpado ese momento y ese escenario rústico pero expresivo, y sin duda alguna, con otras cosas en la mente, distintas por mucho a las que tenemos hoy día.

Me dicen que tengo un alma vieja por mi gusto por la música oldie, por esa música que implicaba satisfacer a un público y no a una billetera, evidentemente había ganancia, regalías, mercancía, todos esos generadores de capital, pero la música se regía por pasión: rock, disco, blues, jazz, R&B, pop, todos esos géneros trajeron a nosotros leyendas que hoy día siguen haciéndonos vibrar con sus notas y las historias que cuentan a través de su música, a comparación de la música selectiva de hoy, la cual está específicamente creada para distintos tipos de público, pero no incita a unirse o a generar sentimiento, incita a consumir más y más de esa música, incita a encajar en cierto grupo de gente para la cual está dirigida, y por eso mencionan que tengo un alma vieja, por disfrutar una serie de acordes y notas que no hablan de otra cosa más que de lo mucho que se puede llegar a amar, lo difícil que es dejar ir a alguien, y lo emocionante de vivir al límite cada día, o al menos en ese momento.

Suelen observar mi gusto por la forma de realizar las cosas “a la vieja escuela”, pero en realidad no es gusto, no vivo un fanatismo extremo por cómo se hacían las cosas antes, simplemente me gusta que lograr un objetivo cueste, por muy sencillo que sea, me gusta que el camino resulte tener piedras y caminar en él sea bastante difícil, eso me agrada, dirían en el barriecillo en donde vivo “aprender a la mala”, a comparación de cómo se hacen las cosas hoy, no digo que no haya esfuerzo, sin embargo creo firmemente que hay un tremendo desequilibrio en la forma en la que alguien consigue lo que quiere hoy día, es todo lo que creo.

Y como esas observaciones hay otras que han hecho a la gente pensar que tengo un alma vieja, pero no es así, yo no lo considero así, yo solo me rehúso a vivir mecanizado, a tratar de encajar para complacer, a aparentar que vivo el momento mostrando 256 fotografías del mismo lugar tomadas en 12 minutos, cuando la definición de “vivir el momento” cambió abruptamente a “presume lo que otros jamás podrán tener, presume tu éxito y tu alto estatus social”, y aclaro, no es envidia, ni celos, ni falta de posibilidad de hacerlo, solo me aferro a la idea de que el momento vivido es mío, y que tiene un lugar en mi cabeza, y que el día en que lo platique si el receptor me cree o no es cosa suya, me gusta la idea de poner a trabajar la imaginación de la gente que se muestra interesada en mis vivencias y experiencias, pues el momento vivido fue mío, como lo cuente y como lo interpreten ya no es cosa mía.

Así que, no, no tengo un alma vieja, me siento suficientemente joven para jugar futbol, en campo o en una calle, con chicos o con adultos, me siento suficientemente joven para ir a conciertos y meterme en la bola con tal de tener una imagen mental de mi artista favorito de cerca, me siento joven como para pasar una noche de juerga con la gente que quiero y arrepentirme aun cuatro o cinco días después del jolgorio, porque anímicamente me siento joven, aunque mi hígado y mis articulaciones digan otra cosa. Por lo tanto, y con todo lo que he escrito -aunque pude haber dicho más-, mi alma no es vieja, solo mi mente y mi percepción de la vida se aferra a vivirla de una manera en la que el día de mañana solo yo podré platicarla, en la que solo yo seré el testigo directo de lo que sucedió en ese o esos momentos.




miércoles, 22 de agosto de 2018

I







Siempre le han llamado la negra y de todos modos jamás olvida escribir su nombre en el cuaderno de  diez pesos: Rosa, que sin saberlo es bella en un modo simple; no lee, no le importan los avances de la industria farmacéutica, automotriz, ni de la industria de alimentos, tiene un examen el lunes y piensa en cuánto le gustaron los recordatorios que su madre hizo para el bautizo de Juan Carlos, su sobrinito. 
Podría caerse el cielo pero ni eso ni las margaritas mutantes de Fukushima le importa, a ella le gusta comer los capulines dulces de esta temporada, eso y mirar a las niñas blanquitas que se sientan frente a ella en el camión, las nietecitas de doña Meche que vienen de la ciudad a pasar una temporada, disfruta casi con morbo mirar sus frentes blancas, blancas, blancas, no como esas hojas de su cuaderno, las tupidas pestañas rubias y esos ojos azules, le fascina y le entristece al mismo tiempo, ¡cuánta belleza!

La negra siempre ha sentido que algo le falta, algunas veces el vacío le apuñala el estómago y otras cede al silencio de la noche, solo cuando está en el jagüey inundado por las tardes rojas o las negras noches la soledad mata  ese vacío.
Mira el verdor  fresco de los árboles llorones, con la boca cerrada  y sin cantar, como aquel que desconoce pero intuye, habla más con la mirada que con la boca.

Algo le da miedo, algo que se esconde, quizá que la soledad nunca pueda ser suya por completo. Ojalá la tarde durara toda la vida, ojalá el agua siempre mojara sus pies y adormeciera el ruido. 

En Tecuana se escucha la música y la parafernalia del sábado antes de partir a visitar al patrón del pueblo de las cruces, danzan con sus trajes blancos y sus plumas negras, dan gracias por la cosecha: lechugas, jitomates, calabazas, zanahorias, maíz, frijol y flores. La negra quiere pasar a tomar agua de la piedra de la iglesia y colocársela detrás de la nuca por el calor y en la frente para librarse del diablo. Suenan las caracolas de la danza. Fe. Fe en que pueda pasar más tiempo sola, fe en que la esposa del presidente municipal deje de parlotear tanto acerca de la fiesta, las sillas del evento, Chelo y su esposo del ejido etc., sentadas junto a ella, sus primas, de vestidos blancos y florecitas rojas en la cabeza, a seis bancas del altar, mirando a los muchachos que entran, plantando en esos ojos púberes alguna cosquilla juvenil, y atrás de ellas la abuela y las tías, robustas, eternas.


Todos se quedan sin aliento en la iglesia, por la belleza de las nietas de doña Meche, tan pequeñas y tan bonitas, luego, luego se ve que no son del pueblo, dicen todos, también por lo gallardo de sus nietos, altos, güeros, guapos, y la negra se queda sin aliento por el sentimiento de inmensidad. La iglesia está en la parte más alta del árido monte, una comunión de la naturaleza prehispánica y los óleos católicos, un recorrido entre flores de zompantle y yoloxóchitl, que ya nadie, más que ella con sus seis años, sus silencios juiciosos y su tristeza innata, puede ver.








Un alma vieja

Esta vez la entrada no es mía, es de una de las personas que más quiero y más admiro; el escrito lo tengo pendiente desde el 23 de mayo, pe...