Siempre le han llamado la negra y de todos modos jamás
olvida escribir su nombre en el cuaderno de diez pesos: Rosa, que sin saberlo es
bella en un modo simple; no lee, no le importan los avances de la industria
farmacéutica, automotriz, ni de la industria de alimentos, tiene un examen el
lunes y piensa en cuánto le gustaron los recordatorios que su madre hizo para
el bautizo de Juan Carlos, su sobrinito.
Podría caerse el cielo pero ni eso ni
las margaritas mutantes de Fukushima le importa, a ella le gusta comer los
capulines dulces de esta temporada, eso y mirar a las niñas blanquitas que se sientan frente a ella
en el camión, las nietecitas de doña Meche que vienen de la ciudad a pasar una
temporada, disfruta casi con morbo mirar sus frentes blancas, blancas, blancas,
no como esas hojas de su cuaderno, las tupidas pestañas rubias y esos ojos azules,
le fascina y le entristece al mismo tiempo, ¡cuánta belleza!
La negra siempre ha sentido que algo
le falta, algunas veces el vacío le apuñala el estómago y otras cede al
silencio de la noche, solo cuando está en el jagüey inundado por las tardes
rojas o las negras noches la soledad mata ese vacío.
Mira el verdor fresco de los
árboles llorones, con la boca cerrada y
sin cantar, como aquel que desconoce pero intuye, habla más con la mirada que
con la boca.
Algo le da miedo, algo que se esconde,
quizá que la soledad nunca pueda ser suya por completo. Ojalá la tarde durara
toda la vida, ojalá el agua siempre mojara sus pies y adormeciera el
ruido.
En Tecuana se escucha la música y la
parafernalia del sábado antes de partir a visitar al patrón del pueblo de las
cruces, danzan con sus trajes blancos y sus plumas negras, dan gracias por la
cosecha: lechugas, jitomates, calabazas, zanahorias, maíz, frijol y flores. La
negra quiere pasar a tomar agua de la piedra de la iglesia y colocársela detrás
de la nuca por el calor y en la frente para librarse del diablo. Suenan las
caracolas de la danza. Fe. Fe en que pueda pasar más tiempo sola, fe en que la
esposa del presidente municipal deje de parlotear tanto acerca de la fiesta,
las sillas del evento, Chelo y su esposo del ejido etc., sentadas junto a ella, sus primas, de vestidos blancos y florecitas rojas en la cabeza,
a seis bancas del altar, mirando a los muchachos que entran, plantando en esos
ojos púberes alguna cosquilla juvenil, y atrás de ellas la abuela y las tías,
robustas, eternas.
Todos se quedan sin aliento en la
iglesia, por la belleza de las nietas de doña Meche, tan pequeñas y tan
bonitas, luego, luego se ve que no son del pueblo, dicen todos, también por lo
gallardo de sus nietos, altos, güeros, guapos, y la negra se queda sin aliento
por el sentimiento de inmensidad. La iglesia está en la parte más alta del
árido monte, una comunión de la naturaleza prehispánica y los óleos católicos, un recorrido entre flores
de zompantle y yoloxóchitl, que ya nadie, más que ella con sus seis años, sus
silencios juiciosos y su tristeza innata, puede ver.