Esta vez la entrada no es mía, es de una de las personas que más quiero y más admiro; el escrito lo tengo pendiente desde el 23 de mayo, pero este mayo fue muy difícil y lo vine postergando, en fin... él es uno de mis sensei de vida, Porras <3
Un poco de Miguel por el propio Miguel:
Miguel
Ángel Porras Alvarado, 28 años de robarle el oxígeno a alguien que le haga más
falta, químico en alimentos por azar del destino, amante del rock clásico y la
salsa, así como todo lo que pertenezca a su época, pambolero, saxofonista
(cuando tenía tiempo), lector asiduo de historietas y literatura prehispánica,
de la época oscurantista y de ciencia ficción clásica, amante de los
cigarrillos (rojos, por excelencia, de los que raspan), chelero de banqueta, y
el tema del café es cliché, disfruto beberlo, no fotografiarlo, cuento amigos
con los dedos, pues los que se han ido no suelen aguantar mi dura verdad.
A
lo largo de la vida de este humilde servidor he conocido todo tipo de gente,
algunos muy transparentes, otros no tanto, algunos risueños y algunos otros
amargados -aquí entro yo-, he conocido gente que gusta de platicar sus
problemas y otros que aguantan hasta el final de la línea con tal de no esbozar
alguna mueca que refleje su malestar emocional, hay de todo en este loco mundo
que nos tocó habitar, en este mundo que no deja de saturarse y de ¿evolucionar?
Pero
algo ha llamado mi atención de sobremanera, mucha gente que aprecio y que forma
parte vital de mi vida me ha comentado que poseo “un alma vieja”, es decir, ¿un
alma vieja? Sabía bien de las almas amorosas,
las almas dadivosas, amistosas, libres, divertidas,
hasta he oído hablar de almas negras,
pero jamás de un alma vieja.
Las personas que me lo dicen lo atribuyen a mi
gusto por la fotografía en blanco y negro, antigua, de esas fotografías que
muestran un escenario rural sosiego, con una familia indígena y una diligencia
en primer plano avanzando lenta pero tranquila sobre una calle de terracería
que hoy cuenta con pavimento -con baches, porque si no no hablamos de México-
abarrotado de transporte público y transeúntes, y que aloja por lo menos un
“Starbucks®”, o un “Oxxo®”, pero gente como yo que disfruta esas fotografías
hay mucha, no soy el único que lo disfruta, de eso estoy seguro, pero si me
gusta tener mi propia visión de lo que habría sido estar parado justo en el
cuadro en el que se tomó dicha fotografía, de haber palpado ese momento y ese
escenario rústico pero expresivo, y sin duda alguna, con otras cosas en la
mente, distintas por mucho a las que tenemos hoy día.
Me
dicen que tengo un alma vieja por mi gusto por la música oldie, por esa música que implicaba satisfacer a un público y no a
una billetera, evidentemente había ganancia, regalías, mercancía, todos esos
generadores de capital, pero la música se regía por pasión: rock, disco, blues,
jazz, R&B, pop, todos esos géneros trajeron a nosotros leyendas que hoy día
siguen haciéndonos vibrar con sus notas y las historias que cuentan a través de
su música, a comparación de la música selectiva de hoy, la cual está específicamente
creada para distintos tipos de público, pero no incita a unirse o a generar
sentimiento, incita a consumir más y más de esa música, incita a encajar en
cierto grupo de gente para la cual está dirigida, y por eso mencionan que tengo
un alma vieja, por disfrutar una serie de acordes y notas que no hablan de otra
cosa más que de lo mucho que se puede llegar a amar, lo difícil que es dejar ir
a alguien, y lo emocionante de vivir al límite cada día, o al menos en ese
momento.
Suelen
observar mi gusto por la forma de realizar las cosas “a la vieja escuela”, pero
en realidad no es gusto, no vivo un fanatismo extremo por cómo se hacían las
cosas antes, simplemente me gusta que lograr un objetivo cueste, por muy
sencillo que sea, me gusta que el camino resulte tener piedras y caminar en él
sea bastante difícil, eso me agrada, dirían en el barriecillo en donde vivo
“aprender a la mala”, a comparación de cómo se hacen las cosas hoy, no digo que
no haya esfuerzo, sin embargo creo firmemente que hay un tremendo desequilibrio
en la forma en la que alguien consigue lo que quiere hoy día, es todo lo que
creo.
Y
como esas observaciones hay otras que han hecho a la gente pensar que tengo un alma vieja, pero no es así, yo no lo
considero así, yo solo me rehúso a vivir mecanizado, a tratar de encajar para
complacer, a aparentar que vivo el momento mostrando 256 fotografías del mismo
lugar tomadas en 12 minutos, cuando la definición de “vivir el momento” cambió
abruptamente a “presume lo que otros jamás podrán tener, presume tu éxito y tu
alto estatus social”, y aclaro, no es envidia, ni celos, ni falta de
posibilidad de hacerlo, solo me aferro a la idea de que el momento vivido es
mío, y que tiene un lugar en mi cabeza, y que el día en que lo platique si el
receptor me cree o no es cosa suya, me gusta la idea de poner a trabajar la
imaginación de la gente que se muestra interesada en mis vivencias y
experiencias, pues el momento vivido fue mío, como lo cuente y como lo
interpreten ya no es cosa mía.
Así
que, no, no tengo un alma vieja, me siento suficientemente joven para jugar
futbol, en campo o en una calle, con chicos o con adultos, me siento
suficientemente joven para ir a conciertos y meterme en la bola con tal de
tener una imagen mental de mi artista favorito de cerca, me siento joven como
para pasar una noche de juerga con la gente que quiero y arrepentirme aun
cuatro o cinco días después del jolgorio, porque anímicamente me siento joven,
aunque mi hígado y mis articulaciones digan otra cosa. Por lo tanto, y con todo
lo que he escrito -aunque pude haber dicho más-, mi alma no es vieja, solo mi
mente y mi percepción de la vida se aferra a vivirla de una manera en la que el
día de mañana solo yo podré platicarla, en la que solo yo seré el testigo
directo de lo que sucedió en ese o esos momentos.
